David Casas Peralta: La añoranza de lo inexistente o las incomprensibles motivaciones de los ricos y poderosos

David Casas Peralta Palermo Los apuñaladores Leonardo Sciascia

DAVID CASAS PERALTA

Los apuñaladores.  Leonardo Sciascia. Tusquets Editores, Barcelona, 2006. Traducción de Juan Manuel Salmerón. 125 pp.

El 2 de octubre de 1862 trece personas de diversa condición social y sin relación entre ellas fueron apuñaladas a la misma hora en distintos lugares de Palermo. Curiosamente, todas las agresiones se realizaron en puntos casi equidistantes, de tal modo que formaban una especie de estrella de trece puntas sobre el plano de la capital siciliana. Otra de las particularidades de los apuñalamientos fue que todos los heridos relataron a la policía un tipo de agresión parecida, a manos de hombres que parecían responder a la misma descripción  y vestir idéntica indumentaria, lo cual dio la impresión a los encargados del caso de estar enfrentándose a un “ejército reducido pero temible”.

A mediados de los setenta del pasado siglo, más de cien años después de estos acontecimientos, Leonardo Sciascia, que creía conocerlos bien, tuvo acceso gracias a la escritora Nina Ruffini a los documentos y papeles que reunió sobre el caso Guido Giacosa, bisabuelo de la escritora y, como fiscal general en el Tribunal de Apelación de Palermo, uno de los protagonistas de esta historia. Fruto de la lectura de estos papeles y documentación, Sciascia armó este relato histórico-detectivesco en que desenmascaraba a través del exhaustivo comentario de texto, al igual que hizo en otras novelas de género parecido como La desaparición de Mejorana, El caso Moro o 1912+1, buena parte de la versión oficial que existía sobre el caso, y que criticaba duramente por su incompetencia las actuaciones del juez instructor del caso, Mari, y del propio Giacosa. A la luz de la documentación suministrada por Ruffini, Sciascia nos muestra cómo no sólo era absolutamente necesario revisar el juicio que la historiografía oficial se había formado sobre los dos magistrados encargados del caso, sino que estos no estaban para nada equivocados en centrar todas sus sospechas en la figura del príncipe de Sant’Elia, a la sazón senador del joven Reino de Italia y uno de los hombres más poderosos de la isla en aquellos primeros años de la unificación.

A partir de la rápida identificación de Angelo D’Angelo, un limpiabotas palermitano de treinta y ocho años, como uno de los apuñaladores, Sciascia nos guía a través de los textos de Giacosa en una apasionante y descarnado recorrido por todos los estratos de la sociedad siciliana de los primeros años de la unificación de Italia – la cual, en Sicilia, había significado la derrota del dominio borbónico, representado en la figura del rey Francisco II de las Dos Sicilias, depuesto en 1861-. En este recorrido el escritor siciliano no sólo nos va desgranando de una forma exhaustiva y precisa toda la investigación, sino también, de una forma impresionista, con breves y certeras pinceladas, la biografía de la mayoría de sus protagonistas -victimas, acusados, testigos, cómplices, policías, senadores y ministros, jueces, etc-. Así mismo, como si de un historiador renacentista se tratara, Sciascia no escatima comparaciones entre los hechos históricos y algunos acontecimientos contemporáneos a la escritura del libro, viniendo a demostrar que buena parte de la política italiana de su época tenía su más directa explicación en cómo se había producido la unificación del país y en los acontecimientos producidos en los años que precedieron y siguieron a la misma.

La delación de D’Angelo posibilitó a la policía la detención de once personas, los encargados de las agresiones –Gaetano Castelli, Giuseppe Calì y Pasquale Masotto– y el resto de apuñaladores. Pero claro, más allá de los autores materiales de las agresiones, los dos magistrados siguieron tirando del hilo con la intención de llegar hasta los instigadores. Pese al peso de la tradicional omertà o ley del silencio siciliana, las pocas declaraciones de los detenidos los llevaron, no sin la inicial incredulidad por parte de los dos magistrados,  hasta Romualdo Trigona, el inmensamente rico príncipe de Sant’Elia, duque de Gela y senador italiano. Un personaje capaz de mantener idéntica e inmaculada reputación tanto bajo el régimen de los Borbones como bajo el de la unificación, por lo que, según Sciascia, respondería perfectamente a ese patrón de italianos de clase alta tan capacitados, como se ve perfectamente en Los virreyes de Federico de Roberto o El gatopardo de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, para cambiar constantemente para que nada verdaderamente importante lo hiciera.

La narración nos describe con crudeza cómo, mientras los tres organizadores de las agresiones se iban dirigiendo irremediablemente hacia el cadalso, no solo todas las acciones para imputar al príncipe de Sant’Elia se veían sistemáticamente paralizadas, sino que estas servían para ensalzar aún más la respetabilidad del personaje, encargado incluso en alguna ocasión de representar al mismísimo rey Victor Manuel II en algunas ceremonias religiosas.

Con ello Sciascia no hace sino añadir un nuevo ladrillo en el muro repleto de denuncias que constituye toda su obra narrativa. Un muro donde sus principales enemigos siempre fueron los abusos de poder y el doble rasero en materia judicial que siempre experimentó en Sicilia y en el resto de Italia (en Los apuñalamientos nos recuerda que “la historia de Italia, desde la unidad hasta hoy, ha dependido en gran parte de rivalidades y enemistades latentes o declaradas entre sicilianos”): mientras que las declaraciones de D’Angelo bastaron para condenar a muerte a Castelli, Calì y Masotto, estas nunca tuvieron suficiente peso para incriminar a Sant’Elia. Algo que destacaba inteligentemente en sus escritos el propio Giacosa: “Con fundamentos menos sólidos de los que tenemos para actuar contra el príncipe de Sant´Elia han sido detenidos y condenados esos doce infelices”.

La muerte de Castelli, Calì y Masotto propició la entrada en escena de otro personaje, Orazio Mattania, de origen español pero afincado en Palermo desde su infancia. Este hombre, que cumplía una pena leve, compartió celda con los condenados a muerte por encargo de los investigadores del caso, y a raíz de sus averiguaciones se puso en contacto, al salir de la cárcel, con sus familiares. De este modo, consiguió llegar a otro eslabón que unía a los apuñaladores con el príncipe de Sant’Elia: Francesco Ciprí, el encargado de contratar a los once apuñaladores y que como Castelli ejercía de guarapiazza (una especie de sereno). Al ganarse la confianza de Ciprí, Mattania fue entrando en contacto con los principales conspiradores de la isla hasta llegar a grandes personalidades de Palermo como monseñor Calcara, el príncipe de Giardinelli y el propio Sant’Ellia, demostrando que la dirección de las investigaciones que apuntaban hacia este último no eran erróneas. Sin embargo, todas las pruebas recabadas, que podrían haber sido válidas para llevar hasta el cadalso a cualquier zapatero, panadero o sillero -profesiones de algunos de los condenados-, fueron desestimadas por la policía y los poderes políticos ante la importancia del personaje que se encontraba en la cúspide de la conspiración. Y si aún les hubiese quedado alguna esperanza a los magistrados de proseguir su investigación contra Sant’Ellia, estaba el enorme poder disuasivo de los abogados a los que tendrían que enfrentarse: “Con lo que tenían, Giacosa y Mari no estaban en condiciones de sostener una acusación contra el príncipe de Sant’Elia lo bastante sólida como para resistir el enfrentamiento con unos abogados que ya no serían de oficio”.

Entre los textos de Giacosa que nos muestra Sciascia en este relato, encontramos fantásticas reflexiones sobre el poder y la banalidad de las motivaciones de los hombres que lo representan. Entre ellas, nos encontramos las inevitables preguntas que se hace Giacosa sobre las motivaciones de Sant’Elia para organizar las agresiones. Recordando la violenta historia del reino de las Dos Sicilias, se pregunta: “con semejante tradición conspiratoria, ¿por qué habría de extrañar que un rico patricio conspire sin una explicación razonable?”. ¿Pero realmente no tenía motivos Sant’Elia? Como bien demuestra Sciascia, las motivaciones de los ricos y poderosos nunca son comprensibles por la gente común, y si bien era evidente que Sant’Elia era agasajado por un gobierno que no le escatimaba cargos ni honores, por otro lado también tenía razones para sentirse frustrado, pues “el poder que Sant’Elia obtuvo de los Saboya fue en realidad pura apariencia, solemne y grandiosa, pero pura apariencia”.

¿Y qué mejor acción para derrocar ese gobierno que ponía obstáculos a sus ilimitadas ansias de poder que organizar unos apuñalamientos al azar con la intención de desestabilizar el nuevo régimen? ¿Qué mejor que unas muertes y agresiones gratuitas con la intención de generar en el pueblo la añoranza del orden mantenido por la policía borbónica? ¿Qué mejor que practicar entre el pueblo llano “la estrategia de la tensión”, tan de actualidad en el ambiente político italiano de la década de los setenta, momento en que fue escrito el libro? Un orden que, por otra parte, como bien indica el gran escritor siciliano, era un “imperecedero simulacro que han anhelado o deplorado siempre los italianos, sobre todo los del sur; que nunca han tenido pero –curioso espejismo- siempre recuerdan”.

David Casas Peralta Reseña Los apuñaladores Leonardo Sciascia Tusquets Editores 2006

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David Casas Peralta (Artés, Barcelona, 1976) es gestor cultural. Actualmente es coordinador de actividades culturales de la Fundación Fondo Internacional de las Artes de Madrid y director de redacción de la revista de información cultural xtrart.es.

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