David Casas Peralta: ‘El traidor del siglo’ o cómo dejar de ser suizo

David Casas Peralta Cómo dejar de ser suizo John leCarré El traidor del siglo

DAVID CASAS PERALTA

¿El traidor del siglo? John le Carré. Traducción de Ana María de la Fuente. Plaza y Janés, Barcelona, 1991. 

¿Fue el brigadier suizo Jean-Louis Jeanmaire el gran “traidor del siglo”? ¿O tan sólo un gran incauto que se convirtió en el chivo expiatorio de las intensas actividades de espionaje que tuvieron lugar en el país alpino durante las décadas de los sesenta y setenta? Con la intención de adentrarse en este caso que convulsionó a la sociedad helvética a mediados de los setenta, John le Carré se desplazó a Suiza para entrevistarse con el principal protagonista de esta historia una vez cumplida su condena de doce años de cárcel. El resultado del encuentro es este apasionante libro que en poco más de cien páginas nos muestra un caso real que, más allá de significar una mera nota a pie de página en el gran libro del espionaje de la Guerra Fría, contiene todos los ingredientes necesarios –espías ingenuos y sentimentales, esposas infieles, espías rusos, etc.- para apasionar a los amantes del género.

El 7 de octubre de 1976 Kurt Furgler, ministro suizo de Justicia, denunció en el Parlamento al brigadier Jeanmaire por entregar al espionaje soviético “documentos del más estricto secreto relacionados con los planes de movilización en caso de guerra”. Al día siguiente, el principal periódico sensacionalista del país, el Blick, lo llamaba, en la primera plana, como el “traidor del siglo”, y no mucho después, Rudolf Gnägi, presidente de la Confederación Helvética, exigía en un mitin el mayor de los castigos para el gran traidor. Todas estas declaraciones, que suponían claramente una vulneración de la Declaración Europea de los Derecho del Hombre, no parecieron avergonzar al respetable país alpino, que ya había emitido su veredicto mucho antes de que el presunto espía pisara el tribunal. La versión moderna de la tradicional quema de brujas suiza estaba consumada.

Sin embargo, más allá de dilucidar si Jeanmaire fue o no un gran espía o el “traidor del siglo” con que fue presentado ante la opinión pública de su país –la respuesta parece clara en las primeras páginas, al describir le Carré al exbrigadier como alguien que no está “hecho para ser un un misterio y, mucho menos un espía”, alguien que “sería el peor jugador de póquer del mundo”-, lo que verdaderamente intriga al famoso novelista británico a lo largo de su investigación es descubrir las razones que llevaron a ese individuo, un respetable oficial del ejército suizo entrado en plena madurez, profundamente patriota, militarista y anticomunista, a suministrar información militar al enemigo soviético. Una información, por otro lado, totalmente inofensiva o caducada, en ningún momento expedientes de “máximo secreto” – a lo que, por otro lado, el militar no tenía acceso- como pretendieron demostrar las más altas jerarquías militares del país.

Para entender el caso en justa dimensión le Carré nos introduce en la sociedad cerrada en la que se desenvolvía Jeanmaire, la del ejército suizo. Un cuerpo que, después del de Israel, era en 1991 el mayor del mundo (625.000 hombres, casi el 10% de la población). Una institución que aún hoy en día es percibida por una buena parte de la población suiza, dada la cadena de influencias y relaciones que comporta para la población, como la esencia del carácter nacional, y que a su vez representa una gran maquinaria de represión para todos aquellos elementos que, pese a compartir el mismo evangelio, se ven “oprimidos por sus limitaciones de su rango y ámbito profesional” a causa de sus caracteres impulsivos, impacientes, bocazas o tendentes a la falta de obediencia. Este era precisamente el caso de Jeanmaire cuando conoció al hombre que lo llevaría a lo más parecido a “ser quemado igual que una bruja como permite la sociedad moderna”: el coronel soviético Vassili Denissenko, Deni, agregado militar y oficial del servicio secreto de la URSS en Suiza.

Jean-Louis Jeanmarie David Casas Peralta John leCarré El traidor del siglo

La descripción que hace el propio Jeanmaire de Denissenko empieza a aclarar algo la relación que se estableció entre ambos militares: “¡Es que Deni era atractivo! (…) ¡De ser mujer, también yo me hubiera acostado con él!”. Un gran atractivo físico que, por otra parte, no comprueba le Carré ante el retrato que le muestra el espía: “Yo no logro ver en Deni más que a un burócrata militar de traje gris e inexpresiva cara de torta que parece que hubiera preferido no ser retratado”. Pero lo que queda absolutamente claro en el relato es que Denissenko era un espía de una gran profesionalidad, capaz de captar desde el primer encuentro con Jeanmaire, en abril de 1959, la confianza del incauto suizo mediante una maniobra impecable de aproximación en la cual se había presentado como anticomunista y abierto a gratificar con dinero cualquier posible suministro de información. Ello, unido a que le hizo una pequeña confidencia, le granjeó la confianza del bonachón suizo,  ya de por sí deslumbrado por la condición de Denissenko de excombatiente de la batalla de Stalingrado.

Como bien explica le Carré, en todo camino de un hombre hacia el asesinato, crimen y adulterio siempre hay un paso decisivo, de no retorno. Este paso lo da Jeanmaire cuando, a raíz de una discusión con Denissenko en una cena en su domicilio familar, ya establecidos los primeros lazos de amistad con el espía ruso, decidió mostrarle unas fotocopias del plan de organización del Estado Mayor suizo con la intención de apoyar su postura de que el país no dependía en absoluto de la ayuda de la OTAN. Pero esta acción, tan habitual en muchas discusiones domésticas, se convertía en este caso en un paso irreversible, ya que si bien el documento había sido facilitado con fines disuasivos, los de demostrar la falta de ayuda de la OTAN a Suiza –la ayuda era evidente, pero el documento la obviaba-, este estaba clasificado como “confidencial”, y por más que fuera con la intención de facilitar al espía ruso desinformación militar suiza, como alegaba Jeanmaire, el delito era flagrante. Sin embargo, esto no fue todo. Como un adicto a una droga incapaz de saciarse una vez dado el primer paso de probarla, esa misma noche Jeanmaire quiso ir mucho más lejos, y tampoco pudo evitar la tentación de mostrarle al colega ruso el Manual de Movilización del ejército, un documento clasificado como “secreto”.  Por supuesto, el incauto suizo fue incapaz de negarse cuando el ruso, elegantemente, se lo pidió prestado prometiéndole devolvérselo al día siguiente. Este fue el primer episodio de un suministro de información de baja calidad -calificado como “paja” por le Carré– que se prolongaría durante catorce años, y por los cuales el brigadier fue recompensado con una pulsera para su mujer, un televisor y unos gemelos para las camisas. Unos regalos que no superaban las mil libras, lo cual parece poco botín para alguien que el gobierno suizo quiso ofrecer a la opinión pública como el gran enemigo del país.

Pero, si no era el dinero, ¿qué movía al denominado “traidor del siglo” a entregar secretos de estado a Denissenko? Esta es la gran cuestión que sobrevuela cada una de las páginas de este libro. ¿La necesidad de avalar con documentación los argumentos defendidos en sus discusiones con el ruso? ¿Una supuesta debilidad de “carácter” ante el amigo ruso? ¿Pero cómo podría calificarse de “débil de carácter” a un militar conocido por su carácter impulsivo? Posiblemente la falta de motivos sea una de las explicaciones que aventura el escritor británico: “Del mismo modo que, con frecuencia, las palabras altisonantes disimulan la falta de convicciones, la acción drástica puede deberse a motivos triviales”. ¿Y qué cosa más trivial que el tedio y la monotonía de un irascible brigadier suizo aparentemente sin capacidad para aspirar a nada más en la vida? ¿O la atracción, incluso sexual, hacia un verdadero militar, veterano de la Segunda Guerra Mundial, y no el de un país caracterizado por su neutralidad en todas las guerras como Suiza? En todos los actos y palabras de Jeanmaire se percibe una gran necesidad de agradar a un tipo al que muy posiblemente admirara incluso desde un punto de vista sexual, por más que a este, ferviente católico, quizás no se le pasara nunca por la cabeza la posibilidad de sentir una debilidad homoerótica. Hubiera algo de eso o no, lo cierto es que en todas las acciones del brigadier hacia el ruso que relata le Carré se percibe un desmedido deseo de complacerlo, de ganarse su amistad y respeto, de halagarle y de tenerlo cerca, no importaba si a cambio del suministro de documentación secreta o consentir que mantuviera una relación con su mujer.

Como en la mayoría de casos de atracción desmedida y enfermiza, le Carré percibe que en todo momento Jeanmaire se refiere a su amistad con el espía ruso como “una relación especial”, distinta a la vulgaridad de la mayoría que se pueden establecer en el país alpino, una relación que lo elevaba por encima del resto de mortales. Indudablemente, para un creador frustrado y afectuoso brigadier del ejército que nunca había entrado en batalla como Jeanmaire, el brillo que desplegaría antes sí un excombatiente de Stalingrado podía bien ser algo irresistible, podía significar su redención a una vida sin estímulo, una especie de puerta para acceder a un destino vital mayor que el que tenía. Por eso, parece la explicación más lógica, no dudó en suministrarle “paja” –lo que único que tenía- con la intención de conservarlo a su lado.

En conclusión, como si se tratara de un personaje de Max Frisch o Fredrich Dürrenmatt, en “el traidor del siglo” alienta en todo momento, según le Carré, una irresistible necesidad de dejar de ser suizo.

El descubrimiento por parte de los servicios secretos suizos de las actividades de Jeanmarie, en 1976, coincidió en un momento de gran desconfianza, por parte del servicio secreto norteamericano, de la capacidad del ejército suizo para proteger los secretos militares que se les confiaba, pues era precisamente el pacífico país alpino la puerta de entrada de mucha información armamentística estadounidense a la Europa Oriental. Una situación que ponía a Suiza a la altura, según muchos miembros del ejército de los Estados Unidos, de “país comunista”. Por esa razón, el caso Jeanmaire se prestaba de modo inmejorable, pese a que los secretos suministrados por el brigadier eran de nula importancia – nada que ver con la información del sistema de alarma rápida “Florida”, el sistema “stabilizar”, etc.-, para recomponer la imagen de Suiza como potencia militar “responsable y competente”: había que hacer recaer sobre el maduro e ingenuo cincuentón todos los errores cometidos durante más de una década por una penosa gestión de la información sobre la seguridad del país y sus aliados. O en otras palabras, convertir a Jeanmaire en un espía a la altura de grandes espías traidores como Wennerström, Michel y Martin, Vassall, Hougthon y Gee.

Como sugiere el propio le Carré, muy posiblemente la delación a la CIA de las actividades de espionaje de Jeanmaire procediera de los propios soviéticos, que habrían sentido la necesidad de desviar la atención puesta en algún espía importante que estuviera operando en ese momento en el país alpino. El juicio, considerado kafkiano por el propio le Carré, no haría sino certificar la conversión del pequeño espía en grande. O lo que es lo mismo: quemando la bruja, restablecer su honorabilidad ante el amigo americano.

David Casas Peralta El traidor del siglo Jean-Louis Jeanmarie Urs Widmer

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David Casas Peralta (Artés, Barcelona, 1976) es gestor cultural. Actualmente es coordinador de actividades culturales de la Fundación Fondo Internacional de las Artes de Madrid y director de redacción de la revista de información cultural xtrart.es.

Imágenes: Swiss Army Knife Closed. Fotografía: Jonas Bergsten. Cortesía de Wikimedia Commons / Imagen de Jean-Louis Jeanmaire. Copyright de http://drs.srf.ch /Cubierta del libro sobre Jean-Louis Jeanmaire de Urs Wiedmer, Ein Stück Schweiz.

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